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| Leire, navarra de 35 años, tomó un día la dura decisión de interrumpir su embarazo. Ella sola, sin una pareja ni una familia que le apoyara, tuvo que coger fuerzas y acercarse al Hospital. Todos sus temores fueron confirmados tras la ecografía: estaba embarazada y no quería o no podía tenerlo. Las razones de su elección no han sido desveladas (como su apellido, por respeto a su intimidad) pero entraban en uno de los tres supuestos contemplados por la ley de 1985: violación, riesgo para la salud física o psíquica de la madre y malformación del feto. Lo que en otras comunidades hubiera sido una consulta y una intervención más, en la sanidad pública (aunque este tipo de operaciones son sencillas en lo médico pero complicadas en lo psicológico) se convirtió para ella en una dolorosa odisea; en una doble penalización por ser mujer, vivir en Navarra y tomar una dura decisión. A esta complicada situación se le suma aquí el tener que salir fuera de su comunidad y de su entorno social y familiar para abortar y, en muchos casos, tener que abonar de su bolsillo la operación ya que el 90% de las más de 600 navarras que optan por este camino prefieren evitarse el mal trago de desfilar por diferentes instancias públicas explicando su historia y completar el procedimiento burocrático de la derivación sanitaria. Los centros navarros, desde la campaña y juicio a principios de los años 90 contra los profesionales que se ofrecieron a aplicar esta ley de modo directo, no realizan esta intervención. Pero en principio sí informan y ofrecen esta otra posibilidad de hacerla fuera, lo mismo que en otros recursos como los centros de atención a la mujer. Leire se dirigió al Hospital Virgen del Camino, dispuesta a no seguir adelante con su embarazo -eso lo tenía claro- pero con el desconocimiento y el temor lógico que recorría todo su cuerpo. Como explica, su estado era de un desamparo total y de una gran desorientación. Objeción de conciencia La ruleta rusa de encontrarse con un médico que le ayuda o que se limita a decirle que es objetor Leire llegó a la consulta del médico y éste sólo le ofreció su rechazo: era objetor de conciencia. La realidad y las actitudes pueden ser muy diversas, pero en este caso así sucedió. De este modo, y sin llegar a entender por qué era incompatible su derecho legal a abortar con la legítima objeción de conciencia de parte del personal, Leire fue derivada a otro especialista que finalmente sí le facilitó la información oportuna. Debía abortar en San Sebastián o Zaragoza. A ella le tocaba decidir -otra decisión más- dónde hacerlo. En ese momento no tenía muy claro si la Seguridad Social le cubriría o no la interrupción. Había oído que existían dos métodos para llevar a cabo el aborto, a través de pastillas si el embarazo es de menos de seis semanas o aspiración en el caso de que hubiera dejado de tener la regla durante más de seis semanas. Pero no sabía cuál le practicarían a ella. Tampoco que sucedería después. por sus propios medios Centenares de mujeres viajan cada año solas para interrumpir su embarazo Así, sola y con muchas dudas, Leire fue a una clínica de la capital guipuzcoana. La joven -ella misma y no desde el hospital- había pedido cita para una primera revisión con el médico donostiarra. A la entrada del hospital, como describe Leire, el ambiente era totalmente distinto. Más acogedor. La mujer entró y fue acompañada por una enfermera a la consulta del médico, allí sí, por fin, el especialista le explicó cuáles eran los posibles métodos para abortar y cuál le practicarían a ella. Fijó la cita. Había llegado el día, Leire iba a ser intervenida. Había conducido en solitario con su coche hasta la clínica y allí se presentó. Le hicieron pasar a una sala de espera, donde aguardaría a que llegara el momento, una muy difícil situación. Cuando entró, se encontró con una docena de mujeres. Todas en su misma situación. Nadie miraba a nadie. Cabizbajas, esperaban que la enfermera pronunciara su nombre. Leire temblaba en su silla, sentía sudores fríos y los minutos se hacían horas... la intervención ¿Por qué no puede hacerse en la Comunidad Foral? "Leire, pase a quirófano", pronunció la enfermera. Tomó posición en la camilla y fue anestesiada. Allí sola, la sensación de desamparo fue mayor aún, según relata la joven. Finalizó la operación. "Ya está", dijo una de las enfermeras. Leire pensó que, como según le habían dicho en Virgen del Camino, sería llevada a una habitación donde la mantendrían en observación por lo menos unas horas, pero cual fue su sorpresa, cuando, tras ofrecerle una compresa, la despidieron. A solas en el baño no pudo evitar llorar de rabia y desamparo. Pero reunió fuerzas y, sin nadie que le cogiera de la mano, se subió en su coche. Había tenido que abortar, no era un capricho de un día, no se sentía una asesina, ni una mala persona, no era una situación por la que quería volver a pasar, nunca. De ninguna de las maneras querría que otras mujeres tuvieran que pasar por ello. Con lágrimas en los ojos y una gran impotencia arrancó su coche y se dirigió de vuelta a casa. Mientras miraba a la carretera no podía dejar de pensar por qué el sistema y parte de la sociedad navarra hacían aún más complicada una decisión difícil y no deseada para nadie, menos para una mujer, como interrumpir un embarazo no deseado y lesivo para el hijo o la madre. Cuando llegó Pamplona no hacía más que preguntarse por qué debía pasar por este calvario extra en el siglo XXI en una de las comunidades, la navarra, que se tiene por pionera en el ámbito sanitario. De nada le servía que su historia fuera la misma de otras casi 600 mujeres navarras cada año. |

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